Intento mirar hacia adentro pero la nube negra llega hasta mi alma. Me angustia. Soportar un poco más es lo que me falta. Evitar el dulce que después me deja vencida. Porque no se aspirar con precaución.
Intento avanzar unos pasos más, con esa soga en mi cintura que jala mi cuerpo en dirección opuesta. Me atrapa por la espalda. Cada vez se hace más pesado el seguir.
Busco el sentido. Creo que ya nada lo tiene. O por lo menos no como antes.
Todos mis lunares formaron una constelación en ese momento. Pensé que las palabras quedarían atrás, vacías, como cada vez que las dije. ¿Las había dicho antes?
No quedó nadie. Se fueron todos. Y yo no. Quiero mantenerme despierta pero no lo logro. Te juro. Ya ni quiero verte. Ni salir a buscarte. Frecuenté otros bares. Otras personas. Te nombré demasiadas veces. Luego me olvidé. Me duele que no queramos querernos. Me siento y deposito cada suspiro en un momento. Ojalá la melancolía fuese mínima.
Suponiendo que el teletransportador existiera. Llegaría hasta Av. Corrientes solo para mirarte cruzar la calle, entre medio de toda esa gente que no sabe a donde va. Estiraría mi brazo para llegar a tu cuerpo y sacaría cada rencor que te quedó por mí. Y luego te darías vuelta mas liviano, tus ojos arrancarían mi inocencia y la velocidad aumentaría hasta llegar a cientos de niveles más arriba. Donde nuestras almas se entenderían. Donde nos despojaríamos del imán perverso que nos atrae. La fusión invisible me dejaría acariciar tu pelo sin que te sientas traicionado. Te dejaría ver más allá de mis silencios.
